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El señor del uniforme naranja

  1. Metro de la ciudad de México.

Por Violeta Martínez

Como todos los días baje las escaleras con prisa, mi reloj ya marcaba las 8:00 de la mañana, y junto con una muchedumbre apreté el paso para alcanzar el primer metro que ya sonaba a lo lejos.

Agitada y con mi mochila tambaleando en mi hombro logré situarme detrás de  la línea amarilla, aquella que divide el punto entre la vida y la muerte. Mientras que a mis costados se amontonaba más gente ansiosa, inclinando las cabezas al final del túnel, como si eso fuese acelerar su llegada.

El metro llega con su particular sonido, al tiempo que la gente a un mismo tiempo  se acomoda todo lo que trae cargando, algunos posiciona enfrente de ellos sus mochilas, un par de señoras se agarran del brazo para entrar juntas y que la gente no las separe, un niño a mi derecha voltea detrás de él y observa al señor que está detrás de la multitud con un trapeador en la mano y con la mirada perdida en sus pensamientos.

El metro abre sus puertas y la multitud entra desenfrenada, se escuchan quejidos de algunas señoras y una que otra responde con insultos a otras que intentan bajar del vagón.

Mientras que yo opto por dar un paso atrás y esperar que otro vagón venga más vacío. Checo mi reloj y marca las 8:15, decido dar media vuelta y encaminarme a las escaleras en dirección a rosario  y tomar el metro desde la base .

Subo en dos los escalones ya que se escucha que el metro en dirección al rosario está llegando, corro hacia las puertas en donde el sonido de cierre está comenzando a sonar más deprisa amenazando con cerrarse antes de que llegue. Acelero el paso  y justo antes de que se cierren logró estar dentro del vagón.

 

Echo una mirada rápida a mi alrededor y en la ultima puerta del vagón se encuentra un señor en traje color naranja que combina perfecto con el metro, consigo trae cargando una cubeta llena de basura en la que logro visualizar algunas marcas de comida chatarra.

Rápidamente pasa la escoba debajo de los asientos del vagón  y a los pocos usuarios que están sentados les pide amablemente que levanten sus pies, a lo que la gente adormecida levemente los eleva.

Casi llegamos a la estación base y para entonces el señor del traje naranja ya terminó de barrer y pasar rápido el trapeador, el vagón ha quedado limpio.

Y antes de que se vuelvan a abrir las puertas del vagón, el señor del traje naranja echa una mirada rápida a su trabajo,  pero entonces algo llama su atención y se agacha lo más rápido posible pero con dificultad, usando la escoba como bastón, pone una rodilla en el suelo y recoge una bolsa de papas que escapó de la escoba y la lanza a la cubeta.

El metro llega a la estación base, abre sus puertas y  la multitud entra a tropezones.

Mientras  observo cómo se aleja el señor del uniforme naranja, y me quedo con el pensamiento y el sentimiento de tristeza de que ese podría ser mi padre o mi abuelo.

Y que aunque honroso es el empleo de limpieza del metro, pienso que a mí no me gustaría ver a mi papá o a mi abuelo a esa edad, cargando cubetas o trapeadores de un lado a otro sin que los otros se den cuenta.

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