Nuestro cerebro, el principal cliente de las «fake news»


La familiaridad heurística nos ha llevado a creer las mentiras más falaces que nos ha dado la era del internet. 

Investigadores y psicólogos como Wray Herbert explican que la familiaridad heurística son hábitos mentales que nos llevan a creer que algo es bueno y seguro, si lo recomienda o comparte una persona cercana a nuestro círculo social. 

Para ejemplificar lo anterior, basta con hacer una búsqueda rápida en nuestro cerebro de algún producto, receta o lugar que nos haya recomendado cualquier familiar o amigo cercano. Sin importar de qué se trate, pensamos que el resultado o la experiencia será buena por el simple hecho de tener un antecedente.

Al respecto, David Rand reconocido investigador del Massachusetts Institute of Technology (MIT), presentó el lado oscuro de la familiaridad heurística que principalmente radica en la tendencia a creer cosas a las que hemos estado expuestos con anterioridad, sin antes cuestionarlas. 

El estudio de Rand resulta trascendente para los propósitos de WikiTribune en Español, pues en él se evidencia el efecto de las fake news en el cerebro humano, pero también, el rol tan importante que representan las redes sociales para su propagación. 

Utilizando titulares idénticos a los que vemos en redes sociales como Facebook, pero empleando algunas historias ciertas y otras falsas, Rand evaluó qué tan propensas eran las personas a calificarlas como precisas o ciertas, solo por el hecho de haberlas visto antes. 

Conforme fue avanzando el experimento, Rand comprobó que ese es el principal factor que lleva a las personas a creer en las fake news, pues «el cerebro inconscientemente lo usa como un indicativo de que es verdad»; es decir, lo cree, sin detenerse a pensarlo ni evaluarlo. 

Aunque no se trata de una práctica propagandística nueva, sí podemos decir que en los últimos dos años el mundo ha experimentado los mayores efectos conocidos al menos hasta ahora. 

En México, el panorama no es alentador pues atravesamos por una crisis particular que dejó de ser la de la desinformación (de la que probablemente fueron víctimas nuestros padres) a una época de sobreexposición que también resulta ser contraproducente. 

De acuerdo con el último reporte presentado por We Are Social y Hootsuit sobre los hábitos y consumo de internet, un mexicano promedio pasa 8 horas y 17 minutos al día consumiendo, compartiendo o interactuando con contenido en internet. Ese tiempo equivale a poco más que una jornada laboral. 

El estudio también señala que actualmente existen más de cuatro billones de personas en todo el mundo, que utilizan internet. Tres billones son usuarios mensuales de redes sociales y 9 de cada 10 personas tienen acceso a esas plataformas a través de su dispositivo móvil. 

David Rand concluye que nos hemos convertido en «animales sociales» ávidos por conseguir más interacciones virtuales (que reales) y deseosos de obtener respuestas rápidas a estímulos sencillos. 

Divulgación del supuesto escape de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

 

 

Durante esas 8 horas y 17 minutos que un mexicano promedio se encuentra conectado a internet, se expone a noticias como un presunto tercer escape de prisión de Joaquín «El Chapo» Guzmán, imágenes fuera de contexto o videos claramente manipulados para fines específicos. 

Lo que es preocupante para investigadores y expertos no es solo la cantidad de tiempo que nos exponemos a las redes sociales y esa necesidad en apariencia innata, por consumir mayor cantidad de titulares y compartirlos, sino la respuesta de nuestro cerebro. 

Después de las elecciones de 2017 en Estados Unidos, cuando el término fake news tuvo su punto mediático más alto, Facebook decidió implementar advertencias en las publicaciones que pudieran tener contenido falso, con el firme propósito de reducir la propagación de noticias falsas. 

Contrario a lo esperado, esas noticias en las que los verificadores de hechos encontraron datos falsos y se puso una advertencia sobre su contenido, las personas mostraron mayor interés y por tanto continuaron siendo propagadas. 

Tessa Lyons-Laing, directora de producto de News Feed en Facebook, explicó a la revista Time que el propósito de la compañía fue experimentar con la idea de alertar a los usuarios sobre contenido falso, con la esperanza de que se detuvieran un momento para analizar la veracidad del contenido. 

El experimento para los fines que fue diseñado fracasó, pero dio indicios de la verdadera problemática a la que nos enfrentamos todos los días: las personas no leen, no se detienen a analizar, a comprobar ni a discernir. Solamente comparten por tratarse de un tema o imagen sensacionalista, por ganar interacciones o en un intento de «unirse a la conversación». 

«Solo tienes que detenerte y pensar… Todos los datos que hemos recopilado sugieren que ese es el problema real. No es que las personas estén siendo demasiado ingenuas o que utilicen su capacidad de razonamiento para engañarse y creer en cosas locas. La realidad es que la gente no se detiene (a pensar)», precisa Rand. 

Si bien, compañías tecnológicas como Facebook, Apple o Google tienen una tarea pendiente por desempeñar, en el sentido de prevenir la marea de desinformación que facilitan sus plataformas, no podemos dejar que el problema del «trastorno de la información» sea resuelto solo por ellos. 

Nuestro rol como entes sociales, será determinante para combatir las noticias falsas. Incluso, habrá que reeducar a nuestro cerebro para que trabaje en pro de la veracidad. 

Convertirnos en verificadores de hechos, hacer de la búsqueda de la verdad un hábito, desprogramarnos… O como dirían algunos teóricos y defensores:«crear conciencia sobre la contaminación digital y fomentar que la ciudadanía esté bien informada, pues a futuro, podría ser un rasgo de supervivencia casi tan indispensable como tener agua o aire limpios», es asignatura pendiente para todos los mexicanos. 

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