acoso

El acoso disfrazado de juego


En la secundaria recuerdo que uno de los profes me lamió la cara una vez y en otra ocasión me la besó, me pasó la lengua por todas partes: ojos, mejillas, frente, pómulos… menos la boca, en medio de todo el salón. Él estaba sobre el escalón de la “autoridad”, esa elevación del piso que ponen en algunas escuelas para que los profes puedan ver desde arriba a los alumnos; yo estaba abajo. Para ese entonces a mis 13 años, a nivel mental me parecía divertido pero la sensación era extraña, no sabía cómo describirla, ahora puedo decir que sentía asco.

Para todos mis compañeros, las actitudes del profe de física nos parecían graciosas, de hecho nos caía muy bien, el día del niño siempre nos llevaba alegrías, dulces mexicanos de amaranto, era muy cercano con nosotros. A mí sólo me besuqueó, lamió la cara ¿me acosó? En particular había una compañera con la que siempre estaba en receso, jugueteaban con las manos. Incluso cuando íbamos a fiestas, decía -ahorita vengo es que me quedé de ver con él en el metro. Yo no le creía, a veces pensaba que se inventaba esas historias. Una vez la dejamos cerca del metro y sí, el profe estaba ahí, iba de pants y tuve una sensación muy rara que hasta ahora no sabría como describir. Nunca pensé que el profe estaba acosándonos.

Hasta ahora esas acciones ¿cómo las podríamos llamar? ¿Acoso, abuso, hostigamiento, “pasado de lanza”, confianzudo? También recuerdo que en nuestra salida de la secundaria nos llevaron a los rápidos de Veracruz en México, un lugar donde se práctica deporte extremo en un río salvaje. Recuerdo que una de las instrucciones, además de remar, era ponernos en partes estratégicas de la balsa para moverla cuando se atorará en rocas, en una de esas ocasiones sentí la mano del profe de química debajo de mis pompas, ahí, no la quitó hasta que nos dieron la instrucción de seguir remando. Pensé, fue un accidente. Después, la misma que manoteaba con el otro profe me contó que le pasó algo parecido con el profe de química, también.

La situación es que se enteró el profe de física y nos llevó a la dirección a acusar al de química. Y ahí voy, toda nerviosa, avergonzada, angustiada con la directora. Llego a su oficina y ahí estaba el acusado, en ese momento sentí que el corazón se me paró, me senté sin respirar al lugar que me asignó, a lado del profe, sólo acepté las disculpas porque la acción fue sin querer, que no se dio cuenta. Ahora que lo recuerdo, ¿cómo de la nada alguien pone la mano debajo de una menor? Si eso pasa, por instinto uno quita la mano y de inmediato dice ¡lo siento!

Después de la acusación pensé ¿y si fue una venganza del de física? No lo sé. Lo que me queda claro es que a esa edad no tenía la información ni la seguridad de identificar que esas acciones eran acoso y no juegos.

Hasta ahora me atrevo a contar la historia, después de 18 años en el que movimientos como el #MeToo me hacen sentir segura y respaldada para contar lo que me pasó. En ese momento sentía que era “normal” incluso mi mamá me decía “así son los hombres” y lo dejábamos pasar.

Con el tiempo entendí que así no eran los hombres, así eran los abusadores y que por eso México es el primer lugar en materia de abuso sexual, violencia física y homicidio de menores de 14 años de entre todos los países que la conforman, de acuerdo con la OCDE. Los datos de la agencia internacional mostró que alrededor de 4.5 millones de niños mexicanos son víctimas de este tipo de delitos y lo grave es que solamente se dan a conocer el 2 por ciento de los casos.

Es que nos da miedo hablar, puedo decir que no podría dar los nombres, no podría revelar más cosas, ¿por qué? No lo sé, siento que rompería una alianza con la institución. Sé que eso es lo de menos.

Otra de las experiencias que me pasaron es que el profesor de computación en un receso me contó su vida sexual, en eso momento sentí vergüenza, no sé, nunca entendí porqué me contaba eso, creo que trataba de erotizarme pero desde ese momento dejé de acercarme a él.

¿Cómo las madres y padres pueden asesorar a sus hijas? Creo que uno de los puntos es desmitificar la sexualidad, es decir, hablarla. En mi caso, al venir de una familia católica, conservadora, jalisciense, la sexualidad era un tabú y nunca se hablaron de medidas para nuestro cuidado. Sólo escuchaba las frases de mi abuelita “viejos cochinos”, “rabo verdes” y nada más, pero nunca hicimos este ejercicio de hablar el acoso que como mujeres de la familia hemos vivido.

De acuerdo con la Encuesta de  Cohesión  Social  para  la  Prevención  de  la  Violencia y la Delincuencia 2014, desarrollada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, mostró que la tasa de prevalencia para el delito de violación fue de mil 764 niñas, niños y adolescentes victimizados por cada 100 mil niñas, niños y adolescentes de 12 a 17 años. En el caso de tocamientos ofensivos y manoseos, la prevalencia es de cinco mil 89 casos por cada 100 mil niñas, niños y adolescentes.

Las cifras respaldan los silencios que muchas guardamos, las huídas, las espaldas encorvadas para ocultar el crecimiento de nuestros pechos, los escondites en los baños o en los cuartos, la angustia, los lapsos en los que el corazón se para por ver el acosador, la sensación de vergüenza. Las cifras demuestran que sí hay acosos pero invisibilizan los miles de casos que se quedan en los recuerdos oscuros.

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