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Respecto a la privacidad online y el uso de datos


Como usuarios asiduos al internet reconocemos las llamadas “cookies”, porque en la mayoría de los sitios  web aparece un pequeño anuncio que indica que autorizas al sitio para acceder a esta herramienta, al navegar en él.

Siendo más específicos, las cookies son aquellas que guardan información del usuario. La función de estas es crear un historial y hábitos de navegación; puede ayudar a las páginas para recordar cuando se haya visitado el portal; guardar datos como usuarios o contraseñas y también, son útiles para  mostrar publicidad personalizada.

Sin embargo, se corre el riesgo que se adhieran spywares para beneficiar a un tercero. La información se filtra a otra entidad de la cual no se tiene conocimiento, esto ocurre más a menudo de lo que parece y a veces sin que el usuario se dé cuenta.

Pero ¿qué pasa con la información que sabemos que estamos colocando en línea? Por ejemplo, confiamos que la fotografía de aquella salida familiar será vista solo por quienes hayan pasado el filtro de amistad en Facebook, pero sin notarlo, puede aparecer en un motor de búsqueda como Google.

No es la culpa del usuario por estar desinformado, ni de aceptar las condiciones de servicio sin haberlas leído antes de unirse a una red social, pues, aunque una persona promedio decidiera leer todo el contrato, no podría entenderlo a menos que estuviera familiarizado con la compañía o tuviera conocimientos legales bastante específicos.

El gigante de Facebook además se ha hecho de todo un monopolio de redes sociales, reuniendo a su vez miles de datos de millones de usuarios alrededor del mundo. La pregunta aquí es; ¿qué hace Facebook con esta información?

La respuesta mas reconfortante es que simplemente almacena esos datos; al menos eso es lo que asegura, sin embargo, la BBC señalaba la existencia de empresas que utilizaban la información personal de los usuarios y posteriormente se demostró con el escándalo de Cambridge Analytica.

Pero Facebook no es la única empresa o plataforma que reúne cada día una enorme cantidad de información. Aparatos que usamos en el día a día almacenan datos que ni siquiera sabemos. Los iPhone, por ejemplo, registran los movimientos geográficos de sus dueños y es posible acceder a estos registros después de dirigirse a “Ubicaciones frecuentes” dentro del apartado de Privacidad en los ajustes.

En teoría esa información no es almacenada en ningún otro lugar más que en el teléfono, pero no se explica la razón para que eso pase.. Tal vez pueda ser divertido que cuando se tome una fotografía, aparezca la ubicación de  en dónde se tomó, pero los metadatos guardan toda esta información y al “colgarla” en un sitio de internet, quien tenga  conocimientos en informática (o malas intenciones), puede acceder a todos esos datos  y usarlos a su conveniencia.

Otro tema que además es bien conocido es el “Revenge porn” o “porno vengativo”, sufrido comúnmente más por mujeres, donde en la mayoría de los casos, son sus  exparejas quienes filtrar fotografías y videos íntimos.

Si bien en este caso el material fue compartido con consentimiento previo, su propósito original no tenía intención de ser visto por nadie más que la persona que se consideraba de confianza.

Por otro lado, no siempre se necesita de una fotografía de índole sexual para arruinar la reputación digital y real de una persona. Katie Krausz es una mujer estadounidense que vivió una situación muy parecida al porno vengativo, solo que en su caso la imagen no era real, sino que era una imagen de su cara editada en Photoshop sobre un cuerpo desnudo de otra mujer. Para el día de hoy se conoce al culpable, un hombre que Katie conocía desde muy pequeña y ella asegura que él tomó una foto de su página de MySpace para posteriormente editarla.

Aunque actualmente ya existen leyes en algunos países, que toman conciencia de la distribución de imágenes sin consentimiento y han criminalizado dicha práctica, aún existen miles de  casos como el de Katie, que quedan flotando en la ambigüedad, pues, aunque ella siempre haya dicho la verdad, esa imagen será imposible de borrar  de internet.

Si bien el robo y mal uso de fotografías es lamentable y cada vez más común, ha surgido una problemática similar en dispositivos como computadoras ya sea portátiles o de escritorio.

En ese sentido, cada equipo cuenta con una cámara web integrada, un pequeño artefacto que muy pocas personas se dan cuenta que puede ser interferido. Y es bien sabido que personalidades importantes, tanto del ámbito político como de la farándula, tapan la cámara web de sus computadoras.

Al ser personas públicas, protegerse de entidades que quieran dañarlos es algo que deben considerar, ya sea que se trate de un ladrón de identidades o un hacker. Pero las personas comunes también deberían de tomar precauciones al respecto.

De hecho, intervenir estas pequeñas cámaras es más sencillo de lo que se cree, solo basta filtrar un Troyano al equipo para que un tercero obtenga el control remoto. De ser así, la cámara puede ser encendida sin que el usuario se de cuenta y a su vez, ser observado y vigilado. Esto también se conoce como “camfecting”.

Aunque esto pareciera una teoría de la conspiración planteada por el el FBI, la CIA u otro organismo de inteligencia como parte de la ficción,  con la que pretenden infiltrarse dentro de la vida de las personas para tener el control de la sociedad, la realidad nuevamente es superada.

Tal es el caso de Jared James Abrahams, un joven que logró hackear decenas de cámaras web de distintas mujeres y posteriormente se enfrentó a una condena criminal. Abrahams  no solo confesó manipular las cámaras, sino también dijo controlar correos electrónicos y redes sociales, para luego chantajear a las afectadas.

Aunque el objetivo de estos ataques cibernéticos suelen ser mujeres, también ha habido casos de cámaras de seguridad de familias que fueron manipuladas por alguien desconocido, para obtener información, chantajear, vender el acceso a otras personas, o simplemente aterrorizar a sus víctimas.

Claramente el internet es un sitio cuyas magnitudes y alcances totales faltan por  ser descubiertos, y a veces los usuarios no se dan cuenta de que navegan en un océano digital de su propia ingenuidad. Y ese no es el problema, sino que existen entidades que se aprovechan de esto y de las lagunas legales que radican en internet.

La red y la tecnología detrás de ella avanza más rápido de lo que podemos adaptarnos a ella. Damos sin dudar nuestra información personal a compañías a cambio de tener un servicio más rápido o sencillamente el último smartphone del mercado, pero no nos preguntamos quiénes la reciben y qué hacen con esa información.

Y puede que estén controlándonos sin que nos demos cuenta, como un vigilante en una oficina de teléfonos en los años sesenta. Puede que solo quieran ofrecernos mejores herramientas en los teléfonos, o quizá conocernos tanto para saber cómo cambiar nuestras opiniones o influenciar en decisiones políticas.

Finalmente, no lo sabemos. Podríamos divagar sobre cada posibilidad y llegar a una idea cada vez más descabellada que la anterior, pero mientras no tengamos claridad sobre nuestra privacidad, la incógnita permanecerá ahí.

El usuario de internet no debería de estar en un estado de constante defensa o paranoia, pero debería de conocer los reglamentos y todas las implicaciones cuando acepta al unirse a algún sitio, cuando porta algún dispositivo móvil o cuando simplemente decide abrir el navegador.

Internet debería de recuperar el sentido de colectividad con el que fue creado y finalmente permitirle a cada uno de sus usuarios, que sea dueño o dueña de su personalidad tanto real, como virtual.

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